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EN LA ACTUALIDAD

EN LA ACTUALIDAD

Algunos árboles han conseguido la inmortalidad gracias al recuerdo de los vecinos. Es el caso del conocido  “Álamo” de Miraflores de la Sierra, que en realidad se trataba de un ejemplar de olmo (Ulmus minor), pero para todos los mirafloreños siempre será “EL Álamo”

No se sabe con precisión cuando fue plantado. Cultivado desde tiempos de los romanos, es muy posible que llegara a nuestras tierras en el siglo XVIII. Durante este periodo reinaba el monarca Carlos III, el cual dispuso que se colocara un árbol en las plazas de los pueblos como símbolo de vida.

El olmo es un árbol caducifolio. Su tronco es grueso, algo tortuoso y ahuecado en los ejemplares viejos. Su copa es amplia, de follaje denso, redondeada y proyecta una sombra intensa. La madera tiene el corazón marrón claro o pardo rojizo con anillos de crecimiento muy marcados y textura algo gruesa; es fácil de trabajar, difícil de hendir y muy resistente a la putrefacción si se mantiene húmeda, por lo que se emplea en construcciones navales, pilotes de mina y antiguamente era la preferida para hacer conducciones de agua.

HACE ALGUNOS AÑOS

HACE ALGUNOS AÑOS

El Álamo de Miraflores, como otros muchos de todo el mundo, enfermó de grafiosis, enfermedad transmitida por un pequeño escarabajo portador de un hongo que obstruye los vasos y hace que se sequen las hojas. A pesar de que no se escatimaron cuidados para su cura, murió en el invierno de 1989-1990.

La plaza en la que se encontraba está destinada a la memoria de Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura, que veraneó en Miraflores de la Sierra durante gran parte de su vida y le dedicó a este árbol una poesía que se puede leer alrededor del tronco.

En 2006 se modeló la plaza que lo alberga preservando los restos del tronco en un monumento dedicado a la vejez, obra de Fernando Jiménez.

POESÍA DE VIVENTE ALEIXANDRE

EL ÁLAMO

En el centro del pueblo
quedaba el árbol grande.
Era una plaza mínima,
pero el árbol viejísimo
la desbordaba entera.
Las casas bajas como animales tristes
a su sombra dormían. Creeríase
que a veces levantaban una cabeza, alzasen
una noble mirada y viesen aquel cielo de verdor
que hacía música o sueño.
Todo dormía, y vigilante alzaba
su grandeza el gran álamo.
Diez hombres no rodearían su tronco.
¡Con cuánto amor lo abrazarían midiéndolo!

Pero el árbol, si fue en su origen (¡quién lo sabría ya?)
una enorme ola de tierra que desde un fondo reventó, y quedóse,
hoy es un árbol vivo. Abuelo siempre vivo del pueblo, augusto
por edad y presencia.
A su sombra yacen las casas, viven,
se despiertan, se abren: salen los hombres, luchan,
trabajan, vuelven, póstranse. Descansan.
A veces vuelven y allí cobijan su postrer aliento.
Bajo el árbol se acaban.

El pueblo está en la escarpa de una sierra.
Arriba Najarra.
Abajo la llanura, como una sed enorme de perderse.
Despeñado, colgante, quedó el pueblo agrupado bajo el árbol.
Quizá contenido por él sobre el abismo.
Y sus hombres se asoman
en su materia pobre de siglos
y echan sus verdes ojos, sus miradas azules,
sus dorados reflejos, sus limpios ojos claros y oscurísimos,
ladera abajo, hasta rodar en la llanura insomne
y perderse a lo lejos, hasta el confín sin límites que brilla
y finge un mar, un puro mar sin bordes.

El árbol:
un álamo negro, un negrillo, como allí se nombra.
El álamo: “Vamos al álamo.” “Estamos en el álamo” Todo es
álamo.
Y no hay ya más que álamo, que es el único cielo de estos
hombres.

HACE ALGUNOS AÑOS MÁS

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